lunes, 20 de agosto de 2012

Respetos

En mi opinión, en el mundo se deberían considerar al menos dos grandes clases de respeto: El Respeto Innato y el Respeto Adquirido.

Respeto Innato: El respeto innato lo adquiere cualquier ser con un mínimo de inteligencia, sea o no humano, y es inherente a su condición. Es el respeto que habla de la dignidad, el respeto que te garantiza que no seas humillado gratuitamente. Esto debería ser cumplido por todos y cada uno de los seres ya que, si se falta a este respeto, por una humillación, los culpables tendrían que ser sometidos a una humillación similar, sería el único caso en el que podría ser roto ese derecho universal.

Respeto Adquirido: Este respeto ya no es inherente a cualquier inteligencia emocional, si no que es un respeto que se adquiere respecto a algo realizado por el individuo. También es llamado reconocimiento, y puede ser producido por numerosos acontecimientos: Una batalla ganada con acciones heroicas, salvamento de personas, buenas acciones, hazañas... Cada tipo de respeto adquirido sería distinto, ya que, por ejemplo no es el mismo respeto el que ha conseguido un veterano de guerra condecorado que el que tiene un bombero o un cuidador de un centro de personas discapacitadas o un policía.

Este respeto adquirido o reconocimiento debería ser requisito indispensable para ciertas profesiones, por ejemplo para ser presidente de un país o una empresa se deberían haber conseguido ciertos logros que le garantizasen el respeto y el reconocimiento de los que tienen alrededor. No es un respeto innato y por ello, es algo que hay que ganarse por uno mismo.

jueves, 9 de agosto de 2012

Tánatos


La casa, algo vieja y destartalada, parecía vacía, lo cual no era de extrañar. El campo estaba siendo utilizado como campo de batalla por las dos facciones enfrentadas. Aunque se habían desplazado y ahora esa zona formaba parte de sus dominios, los tiros y las granadas aún resonaban en los oídos del hombre que, apoyándose en la puerta, caminó desmayadamente hacia el interior del granero mientras se sujetaba el estómago. Un maldito soldado enemigo rezagado le había sorprendido en la espesura , aunque le había disparado, él también se había llevado su parte.
El granero estaba vacío, lo que era normal ya que dado el estado de emergencia de la región los animales habían sido retirados y la gente evacuada a lugares más seguros.
Se echó en un montón de paja, mirándose las manos ensangrentadas. ¿Cuándo acabaría esa absurda guerra? Él se había alistado porque quería servir a su país, pero alargar tanto esa situación empezaba a ser ridículo. Ellos, simples peones de los de arriba, mataban y morían, como piezas de ajedrez, sacrificables por los altos mandos militares que disponían de ellos como querían.
Respiró hondo. Todo le daba vueltas, aquella herida tenía que ser examinada por un médico… Cogió con las manos temblorosas el dispositivo de comunicación, sin embargo, no llegó a encenderlo.- No llegarán a tiempo.- Al oír la voz, el soldado se intentó erguir para ver su origen. Un joven de edad indefinida y vestido de negro, estaba allí, sentado sobre un tocón de madera que alguna vez había servido para cortar leña, aunque a primera vista el soldado habría jurado que no había nadie.- ¿Quién… quién eres?- Aquel hombre, aunque tranquilo, despedía una sensación extraña, una sensación de que no pertenecía a aquél lugar. Palpó en busca de su arma.- No te servirá de nada. Usaste tus últimas balas contra aquél soldado, recuerdas?- ¿Cómo podía saber eso? ¿Le habría seguido? No… pero era imposible, no había nadie… Debía de estar soñando, sólo podía ser una alucinación. Un delirio.- N-no eres real… sólo estás en mi imaginación.- El hombre sonrió enigmáticamente pero no dijo nada.
El soldado cogió el dispositivo y lo encendió, emitiendo una alarma de socorro. Sus compañeros conocerían su posición.- No llegarán a tiempo.- El hombre aún seguía allí aunque intentó no hacerle caso. Sin embargo, algo lo mosqueaba. Las alucinaciones de los delirios solían ser de alguien a quien conocías, tu madre, tu amigo… ¿Se estaría volviendo loco?- ¿Quién… quién eres?- El otro sonrió, dándose la vuelta hacia él.- ¿Eres creyente, Brent?- Brent ni se sorprendió de que conociera su nombre. Después de todo, era una alucinación… ¿no?- Claro que lo eres.- Sus ojos se posaron en el colgante con forma de cruz griega que Brent tenía en el pecho.- Entonces quizás te resulte más fácil entender quién soy y qué hago aquí. Mi nombre- dijo acercándose- es Azrael.  El ángel de la muerte.- Brent contuvo la respiración. ¿Ángel? Pero si sólo era un hombre.
Un hombre loco que estaba tan tranquilo en una zona de guerra.- ¿Me esperabas de otra manera, Brent? ¿Me esperabas con alas y una cruz o algo por el estilo? ¿Por qué debería responder a las representaciones que los humanos han hecho de mí? No son reales. Tal vez otros de mis compañeros prefirieron manifestaciones más gloriosas en tiempos antiguos, pero el hecho es que a mí me gusta más ser discreto.- ¿ti…tiempos antiguos?- Balbuceó Brent. Ya ni se preguntaba si lo que veía era o no real. El dolor en el vientre comenzaba a remitir.- Claro,- dijo Azrael con calma.
- Vivimos desde hace mucho tiempo, realizando nuestra labor. Cada uno de nosotros tiene una labor en particular, aunque hemos tenido varios nombres, nombres que los humanos nos habéis dado según el sistema al que nos creíais pertenecer. Así, a través de los tiempos, a mí me han conocido por ejemplo, como Mordad por los habitantes de Persia, Thanatos por los griegos, Mors por los romanos, Sokar por los egipcios, entre otros. También otros de mis compañeros han ido tomando distintos nombres.- Brent le miraba, entre incrédulo aterrado.- No tengo manera de probar lo que te he dicho, pero tampoco tengo intención de hacerlo. Hoy tengo otro asunto pendiente aquí. Tienes que venir conmigo.
Brent tragó saliva. ¿I-iba a morir?- A todos les llega su hora, Brent. Pero tranquilo. Lo que has de sufrir ya lo has sufrido.
Tánatos se acercó a Brent y le tendió la mano.- Levántate.- Con una lenta sorpresa, Brent se levantó a duras penas, dándose cuenta de que su estómago… ya no le dolía. Tánatos le sonrió.- Vamos.- Sin embargo, Brent aún no estaba preparado. Miró a Tánatos, algo suplicante. Y habló.

-          Venga, venga!- Dijo el cabo Fork entrando con algunos soldados en el granero abandonado- Quiero encontrar a Brent a tiempo para llevarlo con la unidad médica! Tenemos suerte de que haya encendido el dispositivo… Si no…- Apretó los dientes. Aguanta, Brent, pensó. Ya estamos aquí.
Sin embargo, era demasiado tarde. Un hombre vestido de negro, joven, estaba en la puerta.- Ya se ha ido.- Fork le apuntó con el ceño fruncido.- Eso es mentira! ¿Y tú quién eres? Esta zona ha sido evacuada!- El desconocido se acercó tranquilamente haciendo caso omiso al cañón del arma del militar- Su hora había llegado. No habríais podido hacer nada.
-          ¡Te he hecho una pregunta! ¡Responde!
-          Si te dijera lo mismo que le dije a él, no me creerías. No lo harías, como hizo él. Sin embargo, te lo diré. Soy la Muerte.- El disparo resonó en el granero y todos los soldados volvieron la vista hacia Fork y el desconocido, que seguía ileso.-… y, como te imaginarás, es inútil tratar de matarme a mí. Brent quiere que te de esto para su mujer.- Le alargó un sobre, que Fork renunció a coger al principio. No podía ser verdad. No Brent… - Y que lo siente por lo de Little Hill.
Las lágrimas empezaron a caer por el rostro de Fork. Brent…
-          No sufrió demasiado.- con estas palabras, el desconocido abandonó la nave.

viernes, 20 de julio de 2012

Nueve Años


-¿A Tokio?- Maboroshi-sama, sus conocimientos sobre física cuántica nos pueden servir de gran ayuda ahora en Tokio.- El hombre con traje de color negro y gafas oscuras la miró gravemente.- Imagino que sabe lo que ha ocurrido hace un par de semanas en Tokio, ¿verdad?- Ella asintió, asustada. – La ciudad está en caos, la mitad de la ciudad está en cuarentena y están apareciendo nuevas formas de vida continuamente a la vez que desaparecen… no entendemos qué está pasando… La necesitamos allí ahora.- Mai miró atrás, al salón de su casa. Hayato estaba comiendo con el pequeño, con Keita, que en este momento miraba la escena con curiosidad, dejando gotear un polo de limón que había de postre, lo cual formaba un pequeño charquito amarillo en el centro del plato.- Piense en ellos.- Le dijo el hombre en un susurro.- Todo cuanto conocemos, cuanto amamos… podría cambiar de un momento a otro. Necesitamos conocer a qué nos enfrentamos. La necesitamos a usted, y Tokio es el único lugar donde puede servir.- Ella le miró de nuevo, dubitativa.- Pero no ha sido sólo en Tokio, ¿verdad? He oído que en Sudamérica también está habiendo problemas.- Su marido, su hijo… Su familia… Amigos… - Eso es en Sudamérica, tenemos personal en ello… Pero usted tiene que estar aquí. Le necesitamos, Maboroshi-sama. Su país le necesita.- Ella siguió dudando.
Lo que le habían dicho era tajante. Tenía que apartarse de todo cuanto conocía, su trabajo sería secreto. Los efectos a los que se les expondría en Tokio serían desconocidos y no podían arriesgarse a que contaminaran al resto del país. Y tampoco podían permitirse filtraciones de información. Era una ruptura con todo. Además, aunque aquél hombre no lo hubiera mencionado, había una amenaza implícita bajo sus palabras inexpresivas. No era conveniente que lo rechazase.
Pero allí las cosas ya no eran como antes. Ya no eran como aquél día, ahora tan lejano, en el que el pequeño Keita hacía lo que fuera por hacer feliz a mamá. Desde hacía unas semanas, el pequeño había cambiado. Tal vez los psicólogos intentasen achacarlo a una pubertad anticipada, pero lo cierto es que nadie se volvía un témpano de hielo de la noche a la mañana porque se estuviera convirtiendo en adolescente antes de lo previsto. Y algo le decía que todo aquello de Tokio tenía algo que ver. Apretó los dientes y volvió a la mesa.- Voy… Voy a aceptar el trabajo.- Hayato sonrió, intentando quitarle hierro al asunto. Keita no dijo nada. – Un coche la recogerá a las 8. Tenga preparado lo más indispensable.
El resto de la comida y la tarde pasó en un silencio tenso mientras ella colocaba en una maleta lo más importante, un silencio sólo roto por las preguntas del pequeño.- ¿Te vas?- dijo, cuando la  vio colocando ropa sobre su cama. Ella se agachó frente a su hijo y le tomó por la cintura.- ¿Recuerdas al señor que vino antes? Ese señor me dijo que había algo en Tokio muy complicado y que me necesitan para resolverlo.- ¿Y por qué no puedes resolverlo desde aquí?- Ella sonrió. En su casa tenía un ordenador con varios programas de simulación y cálculo en los cuales muchas veces podía hacer parte de su trabajo, era lo que Keita sabía.- Porque la gente todavía no sabe lo que hay allí, y para mandármelo tienen que saber lo que es.- El niño la miró con los ojos abiertos como si entendiera de verdad lo que quería decir,  y ella sonrió y le dijo que si podía ayudarle a recoger la ropa para meterla en la maleta.
Era la hora. Mai Maboroshi cerró la maleta con un clic y la cogió, dispuesta a salir a por el coche. En el último rato, su hijo había desaparecido… Su único hijo… De joven nunca había pensado que alguna vez tendría una familia, de hecho odiaba a los niños. Sólo estaba centrada en su trabajo. Eran unos años que no le gustaba recordar. Todo había cambiado cuando conoció a Hayato, él había traído luz a su vida y la esperanza de una vida feliz y tranquila en familia. Esperanza que se desvanecía con los sucesos de Tokio, con su trabajo. Se sentía de nuevo lejos de Keita, lejos de Hayato. Lejos de su familia…
Su marido le dio un beso.- Todo va a salir bien, cariño.- Le dijo él sonriendo mientras la abrazaba.- Hablaremos todos los días, ya sabes, como en los viejos tiempos.- Ella rió, recordando su relación por Internet, cómo había funcionado y cómo él se había acabado desplazando a Osaka para conocerla y, poco más tarde, vivir con ella. De nuevo le dio la punzada de rechazar el trabajo, pero se obligó a sí misma a apretar los dientes y seguir. Lo que estaba pasando en Tokio y en Sudamérica… Aquellos accidentes… Su instinto le decía que eso era el inicio de algo grande. Algo que cambiaría el mundo. Y quería que, al menos, su familia, siguiera viva.
Keita se encontraba esperando en la puerta. Era de esperar que un niño llorase al separarse para siempre de su madre, como ella le habría explicado, sin embargo él no había derramado ni una sola lágrima. Estaba allí, de pie, como si ella se fuese a la compra o a dar un paseo y él hubiese ido a despedirla.- kaasan.- Ella se puso en cuclillas y lo abrazó.- ¿Vas a investigar ese lugar?- Sí, Keita-kun… Te prometo que hablaremos a menudo, ¿Vale? Pórtate bien y cuida de papá.- Él seguía serio.
-          - Kaasan.
El hombre de las gafas oscuras apareció por la puerta de nuevo.- Es la hora.- dijo. Maboroshi Mai salió al jardín de su casa, viendo el coche que se apostaba en la puerta.- ¿Lo llevas todo, cariño?- Dijo Hayato.
-         - Kaasan.
Se despidió de su marido con un beso y un abrazo muy fuerte. Las comunicaciones estaban seriamente vigiladas en el interior de las instalaciones, según le había explicado el hombre de negro. No podrían hablar tanto como hubieran querido. Se inclinó hacia su hijo, que seguía estático e inexpresivo.
-         - Kaasan.
Con lágrimas en los ojos, Mai se volvió a levantar y giró sobre sus talones en dirección al coche. El hombre metió su maleta en el maletero y a continuación le abrió la puerta trasera.
-          - Kaasan.
-         - Keita, cariño…- Su madre le saludó desde la ventana.- Te quiero mucho, mi amor.
-          - Kaasan.
Según se fue alejando, siguió mirando por la ventana a su familia. Su marido la despedía en la calle, sonriendo y agitando la mano, y sobre la pared del jardín se había subido su hijo sobre aquel contenedor que siempre tenían y siempre se olvidaban de tirar.
-“Kaasan”
Con lágrimas en los ojos, Mai se giró hacia delante, incapaz de volver a ver los labios de su hijo pronunciar esa palabra.- ¿Có-cómo ha dicho que se llama la organización que lleva todo esto?- El hombre de negro sonrió ligeramente.- La organización que trabaja para restaurar el orden en Japón… Y el resto del mundo… La organización para la que usted trabaja… Se llama Sindicato.


*Kaasan significa "Madre".

Cinco años



La fiesta nacional, el Hanami, hacía que los parques, jardines… se llenaran de manteles. La tradición de mirar los cerezos en flor seguía muy vigente en el país nipón, y año tras año, se veía cómo los japoneses salían fuera, a todos los numerosos espacios verdes que tenían, y admirasen la belleza del cerezo en flor, ya fuera con la familia, los amigos, o la empresa. De hecho, muchos empleados eran colocados allí guardando los mejores sitios días antes sobre los manteles.


- De acuerdo, niños, ¿tenéis todos plato?- dijo la mujer vestida con kimono verde como la hierba y como las hojas. Los cinco niños asintieron enérgicamente, y ella se dispuso a repartir las bolas de arroz y la demás comida.- ¡Que aproveche!
Mientras los niños se ponían las botas con la comida que habían preparado entre todos, los adultos conversaban y, por qué no, también aprovechaban esa ocasión para pasarlo en grande.- ¡Qué suerte que hayamos podido quedar las del laboratorio para venir aquí, eh Mai-chan?- Dijo la más joven.-  Sí, Keiko, estos últimos días el trabajo me está matando.- Dijo la de kimono verde como la hierba y como las hojas, con una sonrisa en los labios.

Los niños se levantaron y se pusieron a jugar por los manteles y por la hierba que no había sido ocupada y servía como pasillos, a juegos infantiles, hasta que uno de ellos se lo encontró y lo alzó sobre su cabeza reuniendo en torno a sí a toda una chiquillada proveniente también de otros manteles de alrededor. El escarabajo movió sus patitas en el aire, mientras él sonreía.- ¡Soy el rey de los escarabajos!- Enseguida, en respuesta a ese desafío infantil implícito, todos los niños se pusieron a rebuscar todo tipo de seres vivos en los árboles y hasta debajo de los manteles para encontrar el más guay.
Las investigadoras del mantel de cuadros siguieron hablando de distintas cosas, sobre el trabajo en el laboratorio, el lío que se parecían traer el Dr. Yadomi y la señorita Kihl (la cual enrojeció hasta las raíces del pelo) y sobre los famosetes de Osaka, donde se encontraba.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que uno de los pequeños, el que había gritado antes lo del escarabajo, llegara corriendo desde donde, según podían ver ahora, había cierto tumulto, cerca del río.- ¡Maboroshi-sama!¡Maboroshi-sama!- Dijo cuando llegó, sin aliento. La mujer del kimono verde como la hierba y como las hojas se levantó asustada.- ¿Shosuke-kun?¿Qué ha pasado?- El niño la tomó de la mano y, junto con las demás, la hizo acudir a donde estaba el tumulto, a toda prisa.- Su hijo…- Sus palabras se vieron interrumpidas por un sonoro chapuzón, el pequeño Keita estaba hundido en el pequeño riachuelo, mojado por todas partes, intentando levantarse sin llorar pero sin despegar el brazo izquierdo del cuerpo. Una horrible sospecha nació en la madre, que se volvió a su marido, un hombre con barba circundando su rostro.- Hayato, por favor...- Sin embargo, él ya se había metido al río, empapándose los pantalones y recogiendo al pequeño mientras lo mantenía contra su costado y este empezaba a llorar.
Cuando volvían, la madre no pudo evitarlo y, empapando también el Kimono que le había regalado la abuela de color verde como la hierba y como las hojas se adentró en la pequeña corriente para recoger al niño el cual, volviéndose hacia ella, sonrió débilmente y abrió la mano, mostrándole la flor de cerezo que había recogido de la roca de en medio del río para ella.

viernes, 13 de julio de 2012

Las puertas del centro comercial se abrieron,



y los cuatro entraron a aquél paraíso del consumismo, lleno de luz y color.
KEITH COLD
Keith L. Cold A.K.A Rei
ANNA SALAZAR
RIOCO SAITO
Kanae Godall


Keith Cold miró en derredor, sin variar la expresión fría de su rostro. ¿Por qué le habían molestado en sus vacaciones y le habían hecho cuidar de aquellas patéticas crías? Con haber puesto a Anna de niñera no le necesitaban a él. Pero al parecer su contratante había visto más allá, o simplemente tenía ganas de fastidiarle un poco. 
A Rioco le brillaron los ojos de la emoción y, mirando a Kanae de reojo, comenzó a mirar todos los escaparates que mostraban fabulosos pasteles o increíbles piezas de ropa que parecían sacadas de un cuento de hadas, seguida por una Kanae que nunca había ido a un centro comercial simplemente a comprar.
- ¿Podemos ir a la sección de juguetes?- Dijo Rioco Saito poniéndole morritos a Keith y haciéndole a Kanae una seña para que la imitara.- Porfaa, porfa, porfaporfaporfaporfaaa...- El asesino le dirigió una fría mirada y a continuación, sin decir nada, miró a Anna para ver qué decía.- Niñas, primero tenemos que mirar todas las tiendas, ¿vale? Me han hecho prometer que compraría insecticida y quiero saber si lo venden, aquí.- Keith no dijo nada y siguió caminando. A él sólo había una tienda que le importaba, en todo aquél complejo consumista y capitalista: La armería. Pero él también había prometido hacer de canguro, luego no tenía otra opción. El jefe sabría si había cumplido. Y no podía hacer otra cosa.

Y así fue como la extraña e improvisada comitiva cruzó las puertas automáticas del lugar, la niña de pelo castaño en cabeza buscando la sección de videojuegos, seguida por una desconcertada chiquilla de 10 años de pelo rosa y un gorro en la cabeza. Poco después iban Anna, con sus sempiternos goggles, y Keith, con las manos en los bolsillos mirando discretamente alrededor. Había oído que uno de los jefes de una organización de la competencia quería liquidarle, si hubiera tenido sentimientos habría soltado una carcajada. ¿Liquidarle? ¿A él? Cualquier inconsciente que intentase "liquidarlo" estaría muerto antes de llegar a apuntrarle. Además, no iba solo. Anna también tenía sus propios "ases bajo la manga" y la pequeña Kanae no estaba indefensa.
Así pues, estaba tranquilo, simplemente vigilante a ver si veía alguna cara conocida. Cuando Rioco y Kanae se detuvieron en una tienda de regalos ("de pongos" decía Rioco."porque esos se los regala la gente mayor y los aceptan muy sonrientes, entonces cogen, se los llevan, los abren en casa y dicen: ¿dónde lo pongo?"*) a mirar un perrito cejudo que movía la cabeza a los lados, Keith lo vio por fin. Aparentemente era sólo un transeúnte que miraba un escaparate... ¿pero en serio un hombre con esas pintas miraría una tienda de ropa de lujo de mujer? 
Por otra parte, las niñas sonrieron. 

- Ay, es que es tan mono... Dijo kanae con las manos pegadas al cristal mientras Rioco Saito miraba toodos los artículos de la tienda. Sin embargo, Anna no estaba muy convencida.- Oye, que vale 60 dólares...- Kanae se volvió, y ésta vez fue Rioco quien le devolvió el favor poniéndole ojitos, de manera que, poco después, el perro cejudo estuvo en las manos de una pequeña y- ahora feliz- diclonius, que seguía a través de la tienda a Rioco, que parecía olfatear algo como un sabueso.- ¡¡Ajá!!- Dijo irguiéndose triunfante y poniendo una mano a modo de visera como si fuera un vigía, oteando en el lejano horizonte un cartel de un videojuego.- ¡La sección que buscamos! ¡Vamos, Kanae!

Y, antes de que cualquiera de los jóvenes pudiera hacer nada, las dos pequeñas ya se habían esfumado en dirección a la tienda.- Bueno,- Dijo Anna.- Ahora tenemos tiempo para dar una vuelta... Y dedicarnos más a nuestros asuntos...- Se pegó más a Keith y sonrió. Pero él sabía que sólo era una manera de hablar para que el que les seguía no se supiera descubierto. Sus asuntos eran él. Él y los suyos.

Dicho y hecho, no pasó mucho tiempo hasta que Keith los viera. Vestidos como si fueran simples ejecutivos, trabajadores, sin embargo se les notaba. No eran lo que uno llamaría "jugadores limpios". Dejó la hermosa Desert Eagle que estaba observando y le hizo una seña a Anna.- Tendrás que perdonarme, rubita... Tengo que ir al baño.- Ella sonrió. También los había visto.- Aprovecho y voy yo también.

El cuerpo inerte del sicario golpeó la pared del solitario pasillo de los baños del aparcamiento, cayendo ensangrentado y lleno de golpes. Anna se acercó, sonriendo, y colocó una bota sobre él. Su piel, ahora de color plateado, emitía un brillo acerado que auguraba un destino muy negro para quien se cruzase con ella, como habían podido comprobar esos caballeros. - Bien.- Dijo en voz alta.- Éste ya está. ¿Cómo vas tú por ahí?

Keith Cold, también llamado Zero cuando estaba de servicio, no contestó inmediatamente. Los dos hombres con los cuellos partidos habían sido situados estratégicamente en dos baños cuyas puertas había cerrado cuidadosamente antes de salir por encima.- No lo dejes todo hecho una porquería. Y sé más cuidadosa. Casi he podido oír gritar a ese último.- Su voz resonó desde el baño.- Porque le he dejado.- Replicó ella, fingiendo ofensa. Después, en otra de las tazas de váter, se volvió hacia el tercer hombre, el que les había seguido, que se encontraba en el suelo con la cara sobre la taza. -¿Y bien?- dijo.- ¿Dónde están los refuerzos? ¿O no me digas que esperabas derrotar a Zero sólo con cuatro hombres? Tu jefe renegaría de ti. Así que habla.- Y, diciendo esto y sin darle oportunidad a hablar, le metió la cabeza de lleno en la taza y volvió a tirar de la cadena, provocándole de nuevo ahogamiento. Lo sacó violentamente, y éste balbuceó, con un hilillo de voz:- Nosotros sólo somos... señuelo... niñas...- El gorgoteo del agua volvió a sonar en sus oídos, su boca y su nariz, y sintió el pie del asesino empujar su cabeza hacia abajo.

Anna volvió a salir al pasillo del baño de mujeres. 
Había dejado a aquellos tipos como Zero le había dicho antes de llegar, aunque hombres en el baño de mujeres tampoco quedaría muy ortodoxo.- ¿Acabas ya o te aprieta mucho?- Dijo con sorna mientras se limpiaba las manos con papel higiénico. Oyó una última cadena, y Zero salió del baño de nuevo, permitiendo a Anna volver a admirar al joven. Con sólo 19 años, el chico había acabado con tres sicarios armados sin pestañear ni usar sus poderes y había interrogado a uno de ellos hasta la muerte, y lo único que daba a entender dicha situación era que su zapato estaba un poco mojado. Ni siquiera tenía la respiración alterada. - Van a por las chicas.- Dijo éste. 

Y no fue necesario más. Ambos dos volaron hacia la sección de videojuegos, abriéndose paso entre la gente como podían y vislumbrando un círculo de gente en la zona de videojuegos. Anna se imaginó la situación, los cadáveres de las dos tiernas niñas ante una videoconsola manchada de sangre por el disparo, y el sicario escapando en el tumulto. Vio cómo Keith ya buscaba algo fuera de lo normal, entre la multitud que se movía intentando ver y murmuraba perpleja. 

Y era para menos, sobre todo cuando, con el corazón casi en la boca, Anna apartó a las dos viejas de primera fila y se encontró con Un gigantesco demonio sujetando al aterrado sicario enseñándole su sonrisa dentada, y una Rioco que, mientras jugaba con Kanae a los Arcade, sacaba la lengua al verla en señal de disculpa. 
Keith suspiró quedamente. Desde luego, toda aquella jornada había resultado de lo más edificante, incluso había aprendido a no meterse con la pequeña Diclonius ni Rioco Saito, la invocadora de demonios. Sólo de quedaba una duda... ¿Por qué le habían encargado preocuparse por ellas? De repente, cayó en la cuenta, cuando Rioco se acercó a él pidiéndole dinero y Kanae miraba preocupada cierta ranura en las máquinas.- He atrapado al malo... ¿Podemos jugar un poco más?





*: El chiste de los pongos es un chiste de mi prima de 10 años de verdad :P

miércoles, 11 de julio de 2012

Las ciruelas

La sala oscura, únicamente iluminada por el ventanal, apenas cambió cuando aquella figura apareció, con una bolsa de plástico en la mano. En la ventana se veía una pradera, con la hierba verde y un único árbol de color rosaceo en el centro. Allí había dos niñas jugando al pilla pilla, la de pelo castaño, un poco más mayor, era perseguida por la pelirrosa que flotaba a dos metros del suelo.

La tortuga, del tamaño de una mano y de color oscuro casi negro y amarillo por abajo, apareció flotando tras la alta figura en la estancia, y éste la dirigió con un gesto a la tortuguera donde ya flotaba la otra en el agua.

Después volvió a mirar en derredor. Todo estaba en orden, la mesa baja con el sofá y los sillones, la puerta de color negro elegante y un cartel dorado con una R brillante - sonrió al verlo- y las demás cosas, todo estaba en su sitio. En el jardín que se veía por la ventana, la chica pelirrosa era perseguida ahora por un enjambre de diablillos alados.
En una esquina de la habitación, casi invisible, había una mesa y sobre ella inclinado un cuerpo, al parecer enfrascado en alguna tarea que requería bastante concentración, que no reaccionó ante la presencia del recién llegado y ante el cual este sólo pasó una mirada fugaz.

Volvió a dirigir su mirada al jardín, para ver como, bajo el arce, las dos niñas estaban empezando a pelearse.

Acercarse a la ventana y atravesar su superficie como si fuera simplemente agua fue todo uno, y comenzó a caminar (vestido de negro, como siempre) hacia ellas, oyendo parte de la discusión.
- Pero es que has hecho trampa!- decía la pelirrosa con gorro azul.
- No es verdad, tonta, sólo porque haya usado mis poderes...
- Pero eso no vale! Normal que pierda si mandas a una legión de demonios a por mi!
- Ah, pues tú también usaste tus poderes!
- Que eres una tramposa, Rioco!- sentenció la pelirrosa sacando la lengua.
- pues tú eres tonta, kanae!
Cuando parecía que iban a llegar a las manos, el recién llegado alzó la voz:
- Vaya! Y yo que pensé que podría compartir esto que traigo...- agitó ligeramente la bolsa de plástico que aún traía- me las tendré que comer todas yo.
Acto seguido ambas miraron al joven con desconfianza, preguntándose de que narices hablaría para cortar su discusión así por las buenas. Sin embargo, en cuanto este abrió su bolsa y mostró las ciruelas, naranjas y de piel suave, a las dos se les hizo la boca agua. Intentaron coger una, pero rapidamente él las ocultó tras de sí.- no mientras estéis enfadadas.

Ambas dos se miraron y volvieron la cabeza con gesto altivo.
- Venga, no os enfadeis por esas bobadas. A ver, Kanae, no puedes decirle a alguien que no haga una cosa si tú la estás haciendo primero. Las normas son para todos, y si usas poderes, los usáis las dos. Y Rioco...- se volvió hacia la niña con coleteros de pokeballs.- quien está pillando? Tú, verdad? Aunque utilices tus poderes tienes que tocarla tú o si no no valdrá, vale? O ella puede hacer lo mismo y el juego no es tan divertido. De acuerdo?- poco a poco, ambas niñas asintieron, arrepentidas y se abrazaron en señal de amistad de nuevo.- de acuerdo, ahora que eso ya está arreglado... Quien quiere una ciruela?

viernes, 15 de junio de 2012

Mushishi


Esta historia trata sobre los tiempos antiguos, tiempos en los que los mushi eran considerados criaturas mágicas y los que los veían, como locos o chamanes.
La gente, primitiva, no comprendía a estas criaturas, y les temían, considerándolos poco menos que deidades.

Sin embargo un día nacieron dos personas con un poder sin igual, nacieron un hombre y una mujer cuya sabiduría y habilidad les hicieron destacar pronto entre sus semejantes. Sus nombres eran Izanagi e Izanami, o al menos así han pasado a la historia.
Su saber era inigualable, y su manejo de los mushi espectacular. Fueron prácticamente los creadores del oficio de Mushishi al considerar que estas criaturas necesitaban una persona específica para mediar con los humanos y guardar un equilibrio. Pero eso fue antes… Antes del desastre.

Como debe ocurrir en estos casos, Izanagi e Izanami acabaron encontrándose, y pasaron a formar el matrimonio más sabio de los que poblaban Japón. Se decía que poseían una herramienta sobrenatural, hecha de un material especial, que les permitía interactuar con las corrientes de luz y que gracias a sus habilidades sobrenaturales podía crear nuevos Mushi. No ha perdurado hasta nuestros días más que el nombre de tan legendaria herramienta: Ame no Nuboko, la lanza celestial.
Según pasaban los días sus conocimientos y su prestigio iba aumentando. Conocidos en todo Japón, los cada vez más numerosos Mushishi acudían a ellos en busca de consejo y ayuda.

Hasta que ocurrió aquello. El día era soleado, pero eso a Izanami no le importó ya que estaba en la inmensa biblioteca, manejando un nuevo mushi que debería poder proporcionar calor a las zonas frías del Norte de Japón, al que llamó Kagutsuchi. Pero, a pesar de toda su sabiduría y habilidad, a fin de cuentas Izanami no era más que una mujer humana, y todas las mujeres humanas están doblegadas, una vez al mes, por sus propios cuerpos.
Y entonces Izanami cometió un error. Y Kagutsuchi se descontroló.

Las llamas cubrieron la biblioteca. Izanagi, que en ese momento se encontraba trabajando en el campo con otros hombres, vio el humo, y, adivinando lo que había pasado, corrió a la biblioteca. Pero era demasiado tarde. Izanami, aún viva, se cubría la cara con las manos, su error fatal le había valido unas horribles cicatrices y quemaduras que nunca podría quitar. Cada persona que la mirase a la cara recordaría el error que cometió.
Sin dejar que nadie la viese, Izanami se colocó un velo e, incapaz de seguir con su labor al lado de Izanagi, ingresó en una orden monástica, tratando de aislarse de un mundo que le recordaba su fealdad cada vez que la mirara, recordándole su error.
Izanagi, furioso por lo que había pasado, tomó a Kagutsuchi y lo lanzó hacia el norte, dispersándolo y ocultándolo bajo tierra para que nunca volviese a hacer daño a nadie. Muchos años más tarde los humanos descubrieron esa fuente de calor, con el agua, y se apresuraron a aprovecharla en forma de baños termales.
Izanagi, consternado por la decisión de su esposa, fue a verla, rogándole que volviera con él, diciéndole que sus cicatrices no podían ser tan malas.
Tras mucho insistir, Izanami asintió a regañadientes, haciéndole prometer, sin embargo, que jamás intentaría verle la cara bajo ninguna circunstancia.

Durante una temporada, ambos fueron felices así, pero sin embargo, Izanagi no podía evitar sentir una malsana curiosidad hacia lo que hubiera bajo aquel velo. Y un día, sucedió lo que no tenía que suceder. Comido por la curiosidad, Izanagi alzó el velo mientras ella dormía. Pero sí era tan terrible como su esposa decía, y la impresión que se llevó al verla la despertó.

Izanami montó en cólera, y mientras Izanagi huía de la casa que ambos compartían ella tomó a Ame no Nuboko y, ciega de furia y de odio, creó al mushi definitivo, un mushi que devoraría la tierra sepultándola bajo un manto de cenizas, que convertiría todo Japón en un horrible erial para que, al mirarla, los japoneses no viesen a un ser deforme y quemado, sino a un reflejo de su propia miseria.
Las nubes taparon el sol, y la noche se apropió de los caminos. Miles de millones de personas murieron acosadas por los mushi, que se descontrolaban, y éstos a su vez eran devorados por el mushi definitivo, un mushi con forma de una oscura e inmensa nube, con ocho cabezas para las ocho islas de Japón.

Sin embargo, Izanagi, más diestro que ella en el arte de los Mushi, tomó su cuerpo y se sacrificó bajo la promesa de que, mientras su legado continuase existiendo, la tierra por la que ambos habían luchado nunca perdería la esperanza ni se convertiría en un erial.
Izanagi tomó su ojo derecho, y lo convirtió en un mushi ardiente, un mushi que tomaría la forma del sol y que, aunque no permitiría que nadie se acercase bajo riesgo de consumirlo, sustituyó al sol bajo la nube oscura y permitió que las plantas y los animales siguiesen viviendo, previniendo la destrucción física de la naturaleza de las islas. Amaterasuu.
Después, tomó su ojo izquierdo, y lo convirtió en un mushi frío, un mushi lunar que, cuando Amaterasuu descansase, iluminaría la tierra con una luz pálida y fría que sin embargo alimentase las almas de los habitantes de Japón y de los mushi, previniendo la destrucción de la cultura y el arte de las islas. Le dio de nombre Tsukiyomi.
Por último, y con sus últimas fuerzas, tomó su nariz y con ella hizo al que sería considerado al salvador de las islas, al que resultaría vencedor contra la lucha del mushi oscuro. Susanoo, el mushi de las tormentas, sopló y sopló provocando huracanes en su lucha contra el mushi oscuro, hasta que el sol volviera a brillar sobre la tierra.
Izanagi había muerto, sí, pero había derrotado a su furiosa esposa. Ésta, aún ofendida, estuvo a punto de continuar con su espiral de destrucción, pero viendo todo el daño que había causado, los dioses decidieron que ya era hora de detener la batalla y que cada uno recibiese el castigo que merecía. Y así, crearon un mushi inmenso, que, en su tarea celestial, castigaría a los mushishi que violasen las reglas y, como Izanami, cruzasen la línea. Y así es como, el Kuchinawa, borró a Izanami e Izanagi de la faz de la tierra y del recuerdo de sus habitantes.

Sin embargo, sus hazañas y su historia perduró en el imaginario de los habitantes de aquellas islas y ha llegado hasta nosotros con los tintes con los que la conocéis.